CLARA COLOMER VIDAL (1889-1969) por Francisco Coloma Colomer y Mercedes Colomer Camilleri

 
CLARA COLOMER VIDAL
(1889-1969)
por
Francisco Coloma Colomer y Mercedes Colomer Camilleri

Nació en Aielo de Malferit el día 6 de mayo del año1889, aunque la familia ya se había trasladado a Canals tres años antes.
Fue la mayor de las chicas y el segundo de los vástagos de Ramón Colomer Ferri y Clara Vidal Mompó que alcanzó la vida adulta.
Carácter jovial, risueña, la más alegre de las hermanas.
Estudió el bachiller de entonces en régimen de internado en el colegio de Jesús-María, sito en la aún incipiente Gran Vía de Fernando el Católico de Valencia (ver: Educación de los Hijos en Biografía de Ramón Colomer Ferri en blogcoloma).
Durante la primera década de vida, residió con su familia en la casa del Molí Vell de Canals (ver Biografía de Ramón Colomer Ferri en blogcoloma), ya que la casona familiar no estuvo dispuesta hasta entonces.
Clara comentaba más tarde que, a pesar de estar muy próxima a Canals, la casa del molino daba la sensación de estar muy aislada, y cualquier visita al pueblo, como cuando iba a ver las primeras representaciones del cinematógrafo de manivela en un almacén frente a la iglesia, se convertía en una auténtica excursión (se supone que este nuevo artilugio llegaría a Canals alrededor del año 1897, cuando Clara contaba con 8 años, ya que la primera representación del cinematógrafo de Lumière se produjo en el teatro Apolo de Valencia el día 10 de octubre de 1896).

Clara Colomer Vidal a los 11 años (1900).

Sordera de Clara.
Desde la infancia sufrió constantes otitis flemonosas.
A partir de los 12 años comenzó a detectar una ligera hipoacusia, que fue progresivamente incrementándose con la edad hasta dejarla prácticamente sorda en su quinta década.
Como suele suceder en estos casos, siempre hay una eminencia caritativa que acusa al inocente para acrecentar su fama. Esta eminencia fue el otorrinolaringólogo valenciano Antolí Candela (el más afamado de la época y al que acudían todas las familias adineradas). Este sujetó acusó, retrospectivamente al médico de Canals de haber sido el causante del mal de Clara cuarenta años antes. Le atribuía el haberle administrado, a la edad de 12 años (cuando empezó la hipoacusia), unas gotas de yodo en el conducto auditivo durante uno de tantos procesos flemonosos sufridos hasta entonces.
La cuestión es que, tras la Guerra Civil y con 50 años, Clara acudió a la consulta que Antolí tenía en Valencia y éste le recomendó utilizar audífono.
A pesar de dicha recomendación, era tan presumida que, no queriendo reconocer públicamente su sordera, siempre encontró alguna excusa para obviar el uso del mismo.

Anécdotas de sordera.
Su vida adulta está salpicada de innumerables y cómicas anécdotas relacionadas con su negativa a utilizar el dispositivo auditivo.
El Piano. Al ser Clara la administradora de la mansión familiar llevaba, colgado de su cintura, un gran manojo de llaves. Como es natural, cada vez que salía de casa tenía la necesidad de desprenderse de aquel inmenso lastre. Había encontrado un lugar, según pensaba ella, ideal para esconderlas durante su ausencia. Este era, nada menos, que la caja de resonancia del piano situado en el recibidor.
Al dejar caer el gran manojo metálico en este lugar, se producía tal estruendo que, no sólo servía de aviso a todos los moradores de la casa de que Clara se disponía a salir, sino que avisaba de este modo a cualquiera que habitase en cien metros a la redonda.
El confesionario. Otra de las frecuentes situaciones cómicas provocadas por la tozudez de Clara de negarse a usar el audífono se producía en la iglesia.
Las veces que olvidaba dejar su gran manojo de llaves en casa y arribaba con ellas a la iglesia con el fin de asistir a cualquiera de los múltiples oficios religiosos a los que era asidua, volvía inconscientemente a provocar otro de sus frecuentes y cómicos estruendos. Cuando se daba cuenta del gran peso que colgaba de su cinturón, cogía el manojo y, ni corta ni perezosa, se acercaba al confesionario más cercano que tuviese y las dejaba caer sobre el suelo de madera del mismo. El impacto provocaba, entonces, un desgarrador sonido que, amplificado por las dimensiones del templo, sobrecogía a cualquiera de los feligreses presentes, los cuales, tras reponerse del gran susto, comprobaban entre aliviados e iracundos que Clara Colomer acababa de llegar y, por supuesto, el lugar exacto donde se encontraban las llaves de todas las puertas de su casa.

Juventud de Clara.
A los 18 años (1907) terminó sus estudios y ya se quedó a vivir, definitivamente, en la casona de Canals construida pocos años atrás.

Clara Colomer Vidal a los 16 años (1905).

Tenía fama de guapa y le revolotearon los pretendientes, aunque con ninguno tuvo idea alguna de casarse, excepto con uno que la decepcionó (este fue un secreto que mantuvo Clara casi hasta al final de sus días, cuando se lo reveló a su sobrina Mercedes Colomer Camilleri). Se enamoró perdidamente de él y parece ser que estaba decidida a casarse cuando descubrió que era un gran bebedor y jugador empedernido. La decepción de Clara fue de tal magnitud que nunca más volvió a plantearse el matrimonio, a pesar de la devoción que le prestaron algunos de sus rondadores.
Le encantaba La Parrilla y acudió a ella periódicamente desde que la compró su padre, manteniendo sus visitas hasta su etapa anciana con sus sobrinos y sobrinos nietos (ver: La Parrilla en Biografía de Ramón Colomer Ferri en blogcoloma).
De joven solía acudir a la finca con alguna amiga, como Adelina. Una de las diversiones de las dos jóvenes consistía en dirigirse a la estación del ferrocarril, situada en el fondo del valle, fingiendo ser aldeanas. Una vez adornados sus cabellos con flores de adelfa, y portando cántaros recién llenados de agua procedente de las fuentes del río, se dedicaban a venderla entre los sedientos viajeros, deleitándose con sus piropos.
Clara, ya veinteañera, se convirtió en el lugarteniente en Canals de su madre, ya que ésta pasaba los inviernos en Valencia supervisando los estudios del resto de sus hijos. Su principal cometido era mantener el funcionamiento de la mansión y, cuando no estaban en Valencia, el control de sus hermanas, siguientes en edad, llamadas familiarmente las tres gemelas (Joaquina y Herminia gemelas reales y María con la que sólo se llevaban once meses) en plena adolescencia.
De todos modos, no supuso carga alguna para ella, que siguió actuando alegre y despreocupada, sintiéndose, según sus propias palabras, como si aún fuese una chiquilla.

Clara Colomer Vidal


Clara Colomer Vidal

Muerte del padre.
Así se mantuvo hasta casi alcanzar la cuarentena, pues al cumplir los 36, murió su padre el año 1925. Este hecho desencadenó el final de su despreocupación, asumiendo de inmediato la responsabilidad real que hasta entonces sólo había supuesto un juego para ella.
Para comprender el efecto que le produjo este luctuoso hecho comentaremos que ordenó vestir de negro a todos sus hermanos y miembros del servicio, mandando literalmente forrar la casona con telas negras, incluidas las faldas de las mesas camilla y las cortinas. Cuando arribó su madre y contempló tamaña desmesura, sumada a la protesta general de los hermanos, indicó suavizar el luto.
Un año después (1926), murió su cuñada Fanny Maisonnave De Cuadra, mujer de su hermano mayor Ramón. Este hecho provocó que el primogénito dejara su residencia de Almansa y se trasladara a vivir a la casona familiar de Canals con sus cuatro hijos (ver: Últimos años de Clara Vidal Mompó en Biografía de Ramón Colomer Ferri y Biografía de Ramón Colomer Vidal en blogcoloma).

Clara Colomer Vidal

Tener a su hermano en casa supuso un cambio cualitativo y una relativa merma en su autoridad, pero, una vez delimitadas las parcelas de poder, siguió Clara rigiendo la casa.
Durante estos años (finales de la década de 1920) los hijos mayores de su hermano Ramón (Ramón y Andrés) estudiaban en Valencia, por lo que la abuela, Clara Vidal, siguió con su tarea de vigilancia y control, tanto de nietos como de hijos menores.

Clara Colomer Vidal a los 30 años (1919)

Por esta razón, la jefa de Canals siguió siendo Clara Colomer, incluso cuando llegaban las vacaciones y su madre regresaba de Valencia. Esto se debió a que la matriarca no volvió a pisar la finca de veraneo tras la muerte de su marido y se quedaba en el pueblo. Clara se trasladaba, con los sobrinos y el resto de sus hermanos, a La Parrilla volviendo a dirigir la partida. Incluso aprovechó la jubilación del padre Raimundo Sarrió, que se había quedado a vivir definitivamente en Canals, para rogarle que acudiese a la finca todos los domingos a celebrar la misa particular. Don Raimundo viajaba en tren y, en el apeadero, le esperaba la tartana de la casa con una sufrida acémila que tenía que trasladar, cuesta arriba, la inmensa humanidad de este relevante cura.
Cuando murió su madre, en 1933, Clara tenía ya 44 años y quedó definitivamente a cargo de la casona.

Clara Colomer Vidal con su hermano Ramón en La Parrilla (1922)

La Guerra Civil.
Al estallar el conflicto se encontraba Clara en su casa de Canals junto con sus hermanos Ramón, Joaquina y Ricardo, así como con sus sobrinos María y José Luis Colomer Maisonnave (hijos de Ramón).

El golpe de estado.
El día 18 de julio de 1936 se produjo el golpe de estado de los generales españoles contra el orden constitucional, apoyados por los partidos conservadores y la iglesia católica.
La familia Colomer, católica y conservadora, estuvo desde un principio en la línea de tiro de la izquierda radical, ya que la sublevación no triunfó en Valencia.
Se inició una auténtica ola de terror que recorrió tanto la capital como toda la provincia, dirigida esencialmente por grupos anarquistas incontrolados.

Su hermano Bernardo, que vivía en la casa contigua, decidió huir con toda su familia el día 19, usando uno de los coches de la fábrica, para refugiarse en casa de su suegra en Valencia.
La indecisión del resto se vio truncada a las pocas horas cuando el chófer de la fábrica, que había trasladado a Bernardo, les informó de que se había formado un comité con orden de detener a todos los miembros varones de la familia y les indicaba que acudiesen en tren a Valencia. Los accesos por carretera estaban muy vigilados y sería fácil identificarlos.
Aprovechando la oscuridad de la noche, la madrugada del día 20 de julio, salieron todos al patio trasero de la vivienda, descolgándose por la escalinata de cuerda que ya tenían preparada en el cuarto de Ramón desde años antes (ver: Últimos años de Clara Vidal Mompó. La segunda República en Biografía de Ramón Colomer Ferri en blogcoloma).
Atravesaron el río, caminaron hasta l’Alcúdia y se introdujeron en los dos coches de la fábrica, cuyos chóferes les estaban esperando para trasladarlos hasta Xàtiva. Desde aquí, utilizaron el tren hasta la capital donde intentaron pasar desapercibidos.
Al llegar a Valencia, decidieron que Ramón, el primogénito y más buscado, continuase viaje de incógnito hasta Madrid, donde sería más sencillo esconderse. El resto se alojó en el piso familiar de la actual avenida del Antiguo Reino, donde residían por entonces Ramón y Andrés Colomer Maisonnave (hijos de Ramón).
Ricardo decidió ocultarse por su cuenta, recurriendo a diversas amistades. Pronto se produjo una redada y los dos sobrinos mayores fueron detenidos a pesar de las súplicas de las mujeres apelando a su juventud y situación apolítica.
Clara y Joaquina alquilaron otro piso en la calle de Castellón nº 2 y allí trasladaron su nueva base (curiosamente en esta finca vivió, desde los años cincuenta hasta su muerte en 2004, Luz Coloma García, cuñada de María Colomer Maisonnave).
Clara Colomer Vidal con sus hermanos: Joaquina y Ramón

El grupo lo formaban ahora, además de ellas dos y sus sobrinos María y José Luis, su hermana Amparo, cuyo marido José Casanova Bonora se había escondido en otro lugar (ver biografía de Amparo Colomer Vidal en blogcoloma). Fue en esta casa donde se enteraron del asesinato de su hermano Julio (ver biografía de Julio Colomer Vidal en blogcoloma).
A pesar de las precauciones tomadas se reanudaron los registros; aunque, la mayor parte de ellos se realizaron en toda la finca.

La ocurrencia de José Luis.
En uno de estos registros se produjo una de las pocas anécdotas jocosas que vivió la familia en aquellos dramáticos años y, para rubor del autor del mismo, recordada frecuentemente con posterioridad.
Una mañana de relativa calma, encontrándose las cuatro mujeres moradoras de la casa realizando diversas tareas domésticas, llamaron a la puerta sin haberse escuchado previamente la típica alharaca que habitualmente precedía los registros. Pensando juiciosamente que se trataría de algún vecino, acudió a abrir el único varón que quedaba en el grupo, que no era otro que José Luis Colomer Maisonnave, mozalbete de 15 años.
Cual no sería su espanto, al descubrir que se trataba de un piquete de registro, que el adolescente les espetó, con una mueca enajenada, la siguiente frase: “Váyanse, en esta casa todas somos mujeres.”

Por su parte, Ramón y Andrés fueron encarcelados en una checa que se había adaptado en el aún hoy existente chalet de la calle de Sorní. Siendo su hermana María amiga de las hijas del médico de izquierdas Rincón de Arellano (padre del futuro alcalde franquista de Valencia), apeló a éstas para que intercediera por sus hermanos. Así sucedió y, de este modo, quedaron libres.
El último y definitivo traslado lo realizó el grupo a la calle Martí nº 13, gracias a la ayuda proporcionada por la entonces novia de Ramón Colomer Maisonnave. Vivía ésta en el mismo rellano y, usando a su sirvienta Josefa como tapadera, pudo alquilar el piso.
Allí acudieron las tres hermanas Colomer Vidal con sus cuatro sobrinos Colomer Maisonnave. Al poco tiempo, se les unió también Ricardo harto de esconderse, con la mala fortuna que, tras un registro general, fue detenido y encarcelado en las dependencias militares de la Alameda. Posteriormente sería milagrosamente liberado (ver biografía de Ricardo Colomer Vidal en blogcoloma).
A pesar de que el periodo indiscriminado de terror declinó ostensiblemente con la llegada del gobierno constitucional a Valencia, siguieron produciéndose detenciones arbitrarias.
Esta situación aceleró la diáspora de los varones de la familia que aún quedaban en la capital.
Ricardo y Bernardo lograron documentación falsa y pudieron huir a Francia en febrero de 1937 (ver biografías de Bernardo y Ricardo Colomer Vidal en blogcoloma).
Andrés Colomer Maisonnave se alistó en el ejército republicano y pudo pasarse a las líneas franquistas en Teruel.

Edificio de la calle Martí nº 13 de Valencia donde se refugió Clara Colomer Vidal hasta que finalizó la Guerra Civil Española (aspecto actual).

Sólo Ramón Colomer Maisonnave decidió quedarse en la calle Martí como único varón adulto, lo que le reportó, de nuevo, otra detención. Tras producirse un chivatazo en Canals se cursó una denuncia contra su persona y se envió a un piquete para capturarlo y trasladarlo al pueblo para ser juzgado.
Maniatado se le envió a la estación ferroviaria y le colocaron como escolta a un tal Gadea. Durante el trayecto entablaron tan amistosa conversación que el miliciano decidió, por su cuenta y riesgo, invertir la dirección de su viaje, cambiando de tren en Xàtiva y volviendo a Valencia.
A partir de entonces, Gadea se hizo íntimo amigo de Ramón y acudió de visita prácticamente a diario al piso familiar, lo cual reportó un cierto índice de seguridad y alguna que otra anécdota graciosa.

Gadea y el Crucifijo de Clara.
Clara disponía de un gran crucifijo frente al que rezaba sus múltiples oraciones diarias, rogando por el bien de su familia.
Cada vez que se anunciaba la visita de Gadea, que por cierto no era cronológicamente regular, escondía el crucifijo bajo el almohadón del primer sillón que tenía a mano.
Como por arte de magia, las posaderas del miliciano siempre iban a descansar en el sillón elegido por Clara para esconder su preciado y peligroso tesoro. Ésta permanecía rígida y con cara de circunstancias hasta que aquél decidía acabar su visita sin haber notado incomodidad alguna. Comprobaba así, día tras día, que o bien el culo de Gadea era insensible o bien había fuerzas sobrenaturales que la protegían.
Se decantó por esto último y consideró, en lo sucesivo a aquella imagen, como el Cristo milagroso que los protegió el resto de la guerra.
La verdad es que, de la denuncia de Canals, nada volvió a saberse.
Al terminar el conflicto Gadea desapareció y aunque Ramón lo buscó por diversas cárceles y campos de concentración franquistas, ya nunca volvió a dar con su paradero.

Este piso de la calle Martí, lo mantuvo alquilado la familia hasta la década de los años sesenta del siglo XX. Se empleaba como comodín ante una necesidad de cualquiera de sus miembros: preparativos de bodas, controles médicos, pesquisas laborales o periodos de espera hasta adquirir morada definitiva.

Clara y Ricardo.
Al finalizar la guerra (1939), Clara ya tenía 50 años.
Regresó a Canals y, excepto en contadas ocasiones generalmente debidas a chequeos médicos, nunca más salió del pueblo.
Siempre fue muy beata y limosnera.
Nunca dejaba la sonrisa y los vecinos de Canals siempre le demostraron simpatía y aprecio.
Durante la década de los cuarenta su hermano Ramón pasó de nuevo la mayor parte del tiempo en Almansa, gestionando la fábrica de alcoholes.

Clara Colomer Vidal

Este hecho hizo que el único varón de la casa fuese su hermano Ricardo, el cual debido a su soltería, su carácter solitario y, posteriormente, su cardiopatía, provocó en Clara una auténtica necesidad de protegerlo y cuidarlo hasta cotas realmente obsesivas. Fueron precisamente estos hechos los causantes del temor y prevención que despertaba Ricardo en sus sobrinos y sobrinos nietos. La frase de Clara: “No hagáis ruido que está el tío Ricardo” provocaba inquietud en los chiquillos, que se apartaban o escondían cuando lo veían salir. Un gigante que acompasaba sus amplias y pausadas zancadas con el sonido metálico del extremo de su enorme bastón, sonido agrandado por la caja de resonancia que suponía aquel tremendo recibidor.

Clara Colomer Vidal

Clara y Joaquina.
El carácter renegón de su hermana Joaquina que, soltera como ella, quedó a vivir el resto de sus días en la casa grande, hizo que la relación entre ambas se fuese encontrando al pasar de los años.
Clara deseaba seguir siendo la capitana, pero Joaquina no se dejaba doblegar y, con el tiempo, incluso se puede decir que llegó a existir un auténtico poder bicéfalo.
Desde la periferia del conflicto, sus sobrinos y sobrinos nietos seguían el espectáculo de sus continuos encontronazos con recatada aunque divertida atención. Los bufidos, miradas al cielo, izada de manos y comentarios al más allá, convertían sus discusiones en auténticos espectáculos cómicos.
A mediados de los años sesenta, su hermano Ramón, que había regresado de Almansa diez años atrás, abandonó definitivamente la casona familiar, trasladándose a su piso, sito en el Pont del Riu.
Poco antes (1962) había muerto su hermano Ricardo y la gran mansión familiar quedó ocupada únicamente por Clara y Joaquina con un mínimo servicio.
Para acomodarse a su nueva situación, decidieron trasladar su alcoba a la planta baja, transformando el comedor en dos habitaciones comunicadas.
De las últimas barrabasadas que realizaron en su vida las dos hermanas, destaca la orden que dieron a unos operarios para que vaciasen de trastos, literalmente, todos los desvanes y algunas de las habitaciones de la planta noble. Ofrecieron como regalo a gente del pueblo infinidad de muebles, cuadros, telas etc. El resto fue incinerado en el patio, eliminando de un plumazo gran cantidad de inestimables piezas recopiladas por la familia a lo largo del siglo XX.

Muerte de Clara.
En el año 1968 (con 79 años) comenzó Clara a ser afectada por una demencia senil de rápida evolución.
Al resultarle al personal de servicio prácticamente imposible atenderla en condiciones en Canals, fue trasladada a casa de su sobrina María Colomer Maisonnave en Valencia. Fue en esta casa donde murió el día 2 de abril del año 1969 (le faltaba 1 mes para cumplir los 80).
Su cuerpo fue trasladado al panteón familiar de Canals, donde reposa en la actualidad.
Clara Colomer Vidal (1968)

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